“Invisibles” | Hij@s testigos de violencia de pareja en casa

Durante la infancia, la familia es considerada el principal agente de socialización, siendo la socialización el proceso mediante el cual interiorizamos las normas y valores de la sociedad en la que vivimos. Además de ser el contexto más inmediato donde desarrollaremos nuestras primeras relaciones interpersonales, donde empezaremos a construir nuestro autoconcepto y las primeras impresiones sobre el mundo, por lo general, también será el que nos acompañe e influya durante más tiempo o en nuestras etapas evolutivas más importantes como son la infancia y la adolescencia. Todos los aprendizajes y experiencias que acumulemos durante dichas etapas, formarán parte de nuestro repertorio conductual y emocional, capacitándonos para desenvolvernos en el resto de ambientes y con el resto de personas.

Dada su importancia, no es de sorprender que la familia (al margen de cubrir las necesidades básicas de sustento y cuidado) sea la responsable de proporcionar un entorno de seguridad, protección y afecto a sus menores para que puedan desarrollarse de manera saludable y adecuada. Lo que sí puede resultar sorprendente es que sea precisamente la familia uno de los grupos sociales en los que se produzcan más comportamientos violentos y agresivos.

Al hablar de violencia doméstica o familiar se incluye cualquier conducta (por acción o por omisión) que suponga un tipo de abuso físico, psicológico o sexual dentro de la relación de los miembros de una familia, implicando un desequilibrio de poder con la finalidad de tener el control sobre dicha relación. Cuando la violencia se prolonga en el tiempo de manera sostenida y frecuente se le denomina maltrato.

El primer Informe mundial sobre la violencia contra los niños y las niñas, realizado en 2006 por la Organización de Naciones Unidas para la Protección a la Infancia  (UNICEF), refleja que cada año entre 100 y 200 millones de niños y niñas presencian violencia y peleas entre sus progenitores/as o cuidadores/as de manera frecuente. A este respecto cabe destacar que numerosas investigaciones indican que presenciar este tipo de violencia entre las figuras de cuidado principal puede ser tan impactante para los hijos e hijas como ser víctimas directas de dichas agresiones, pudiendo afectar gravemente a su bienestar, desarrollo personal e interacciones sociales a lo largo de toda su vida. Además, corren el riesgo de copiar, aceptar y ver con naturalidad que ese tipo de comportamiento en las relaciones íntimas es tolerable y “normal”, interiorizando que la violencia es una forma aceptable de solucionar conflictos, que es un modo eficaz de controlar y dominar a otras personas y que forma parte de la relación normal familiar.

Algunas de las consecuencias que para los niños y niñas puede tener el hecho de ser testigos de violencia entre sus padres/madres/figuras de cuidado son:

  • En cuanto al desarrollo social: Dificultades para una adecuada interacción social o una competencia social disminuida, conductas externalizantes (como problemas de agresividad), conductas internalizantes (como problemas de inhibición relacional, retraimiento, desconfianza, aislamiento y soledad, miedo), dificultad para interpretar las claves sociales, tendencia a interpretar de forma amenazante u hostil la conducta de otras personas, déficit de habilidades sociales para la resolución de conflictos interpersonales, inseguridad, desconfianza, falta de integración, conductas antisociales, delincuencia, etc.
  • En su desarrollo emocional: Alteraciones en el desarrollo afectivo, deterioro de la empatía, dificultad en la expresión, comprensión y manejo de emociones (tanto las propias como las de otras personas), sentimientos de soledad, desamparo y desprotección, ansiedad, tristeza, depresión, problemas de autoestima, alteraciones del apego y la vinculación (sentimientos de no ser querido, aceptado o comprendido), sintomatología de estrés post traumático, presencia de ideas autolíticas o de muerte, dificultades para el autocontrol de la propia conducta, baja tolerancia a la frustración, impulsividad, explosiones de ira, etc.
  • Para su desarrollo cognitivo: Indefensión aprendida, dificultad para enfrentarse a nuevas tareas por miedo al fracaso o a la frustración, asunción de roles que no le corresponden ni a su edad ni a su rol de hijo o hija, distorsiones cognitivas sobre algunas creencias, normas y valores que terminan resultado disfuncionales, errores de identificación y conceptualización, dificultades en la atribución causal de situaciones violentas, marcado egocentrismo cognitivo y social, permisividad con sus propias transgresiones pero no con las de los demás, normalización y legitimidad en el uso de la violencia, problemas de atención, memoria y concentración, escasa habilidad de resolución de problemas, etc.
  • En el ámbito académico: Dificultades para relacionarse en la escuela, problemas de concentración y/o déficit atencional, disminución del rendimiento escolar o por el contrario refugiarse excesivamente en los estudios como un mecanismo de evasión de su realidad, retraso en el desarrollo verbal y cognitivo, absentismo, etc.

Tengamos muy presente que exponer a los/las menores a violencia doméstica y, en especial, violencia entre sus progenitores es un tipo muy grave de maltrato infantil. Por estos y otros motivos, es de suma necesidad dirigir todos los esfuerzos posibles hacia la prevención de la violencia, especialmente en la pareja, provenga de quien provenga, ya que la violencia no debería considerarse, bajo ningún concepto, como un estilo normalizado o aceptable de afrontar los conflictos.

María Reinaldos Vega

Psicóloga

Share this...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter