El Daño Cerebral Adquirido

En los próximos días se celebra el Día Mundial del Daño Cerebral Adquirido (26 de octubre) y el Día Mundial del Ictus (29 de octubre) con el fin de concienciar a la sociedad de la situación de los afectados y sus familias.

El Daño Cerebral Adquirido (DCA) se define como una lesión repentina y brusca en el cerebro que provoca un conjunto variado de secuelas según el área del cerebro lesionada y la gravedad del daño, ocasionando alteraciones físicas, cognitivas y emocionales.

Cuando el origen de la lesión cerebral es un golpe, hablamos de traumatismo craneoencefálico (TCE). Generalmente los TCE se producen tras sufrir un accidente de tráfico, un accidente laboral, una caída o una agresión física.

El ictus es la principal causa de DCA, seguida de los TCE y de enfermedades como las anoxias, los tumores cerebrales o las infecciones. Los ictus son un tipo de accidente cerebro vascular (ACV) que se producen por la interrupción repentina del flujo sanguíneo en una zona del cerebro. 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “el síntoma más común del ACV es la pérdida repentina, generalmente unilateral, de fuerza muscular en los brazos, piernas o cara. Otros síntomas consisten en: aparición súbita, generalmente unilateral, de entumecimiento en la cara, piernas o brazos; confusión, dificultad para hablar o comprender lo que se dice; problemas visuales en uno o ambos ojos; dificultad para caminar, mareos, pérdida de equilibrio o coordinación; dolor de cabeza intenso de causa desconocida; y debilidad o pérdida de conciencia”.

Atendiendo a la epidemiología de los ACV estos constituyen una importante causa de muerte en los países desarrollados, siendo considerados como la tercera causa de mortalidad en la población adulta después del cáncer y las enfermedades coronarias. De los pacientes que sobreviven, el 90% sufre secuelas y entre el 30% y el 50% manifiesta incapacidad para realizar actividades de la vida diaria. Esta patología da lugar a una de las principales causas de discapacidad provocando déficits cognitivos, así como secuelas emocionales y físicas. Una quinta parte de las personas que sobreviven a un ACV experimenta depresión clínica o algún cuadro de ansiedad; además, un cuarto de esta población podría desarrollar demencia en un futuro. Respecto a los déficits cognitivos, el 50% de esta población sufre un empeoramiento de la atención, el lenguaje y las funciones ejecutivas que podrían considerarse los déficits más comunes.

Resulta de interés mencionar los Factores de Riesgo que pueden influir en la aparición de un ACV. Los factores de riesgo se definen como las características biológicas o hábitos que están presentes en un grupo de personas y que les otorga una mayor probabilidad de presentar una determinada enfermedad a lo largo de su vida.

Entre los factores de riesgo no modificables se encuentra la edad; tanto para el ictus isquémico como para el ictus hemorrágico, la probabilidad de sufrir un ACV aumenta cada década a partir de los 55 años. En cuanto al sexo, los hombres tienen una mayor probabilidad de sufrir un ictus respecto a una mujer de su misma edad. Por otra parte, si una persona posee antecedentes familiares de ACV tendría mayor riesgo de padecerlo por ser más susceptible genéticamente.

Entre los factores de riesgo modificables se encuentra la hipertensión arterial siendo el más importante después de la edad, ya que el riesgo de ictus es mayor cuanto más alta es esta, para ambos sexos y en todas las edades. El riesgo de padecer un ictus es mayor en personas fumadoras o expuestas pasivamente al humo del tabaco, aumentando la probabilidad de sufrir un ACV en un 50%, por lo tanto, el tabaquismo es otro factor de riesgo. También es de interés mencionar que la diabetes y los altos niveles de colesterol LDL pueden contribuir a la aparición de un ACV. Otros hábitos y estilos de vida como la terapia hormonal sustitutiva, el sedentarismo o falta de actividad física y algunas dietas con alto contenido en sal también serían factores de riesgo.

Otros factores de riesgo menos documentados que los anteriores serían la obesidad abdominal, aumentando en tres veces el riesgo de ictus en hombres; el elevado consumo de alcohol o las drogas, cada vez más frecuentes entre la población joven, aumentando el riesgo en seis veces. Con el aumento del consumo de anticonceptivos orales en las mujeres, combinado con el consumo de tabaco, se duplicaría el riesgo de sufrir una trombosis cerebral. También se ha observado que las personas que padecen migraña con aura son más propensas a tener un ACV, siendo superior esta probabilidad si se trata de mujeres que además consumen anticonceptivos orales. Otros factores que pueden influir son, entre otros muchos: la estación del año, el clima, los factores socioeconómicos o la localización geográfica ya que el riesgo de padecer un ACV es de un 8,7% de probabilidad en la población urbana frente a un 3,8% en la población rural.

Resulta significativo destacar el papel del psicólogo sanitario y del neuropsicólogo en la rehabilitación de las patologías cerebrales adquiridas.

La neuropsicología es un área de especialidad dentro de la psicología que se ocupa del conocimiento sobre el funcionamiento del sistema nervioso central y sus manifestaciones cognitivo-conductuales. De acuerdo con la Asociación Americana de Psicología, la neuropsicología clínica se define como “una especialidad que emplea los principios de evaluación e intervención basándose en el estudio científico del comportamiento humano y su relación con el funcionamiento normal y anormal del sistema nervioso central”.

La rehabilitación neuropsicológica es un proceso, principalmente de reaprendizaje y adaptación, en el que la persona afectada adquiere de nuevo las habilidades previamente desarrolladas a la lesión y si esto no es posible, adquirir habilidades para compensarlas de manera progresiva. Existen diferentes factores que favorecen el proceso de rehabilitación, sin embargo, se consideran especialmente importantes, la intervención precoz y la coordinación del tratamiento por un equipo interdisciplinar.  También se han de tener en cuenta otros factores como la edad, el nivel educativo, la severidad, la localización y la extensión de la lesión.

La tarea esencial de un programa de rehabilitación neuropsicológica es determinar unos objetivos concretos y cómo desarrollar el plan para alcanzarlos. Los objetivos deben ser lo más ajustados y realistas posibles. Se establecerán tanto en relación con los déficits adquiridos como atendiendo a las capacidades preservadas del afectado.

El enfoque multidisciplinar es fundamental para la integración biopsicosocial del paciente y para promover el bienestar completo en todos los niveles de abordaje de su vida cotidiana (terapia ocupacional, fisioterapia, logopedia, etc.).

El tratamiento de rehabilitación neuropsicológica en ACV y TCE necesita también la orientación del psicólogo sanitario con el fin de valorar el diagnóstico diferencial en cuanto a otras patologías duales. En los pacientes con DCA, la relación con problemas emocionales exige por parte del psicólogo sanitario una especial atención a diferentes variables, procesos y recursos cognitivos atencionales, de memoria, velocidad de procesamiento, etc., a explorar la labilidad emocional y la apatía y diferenciarla de problemas del estado de ánimo que pueden cursar de modo comórbido.

El trabajo del psicólogo sanitario se enfoca a disminuir la anosognosia (carencia de conciencia de enfermedad) y dotar al paciente de conciencia en su patología, en sus limitaciones y potenciar los recursos y estrategias que se le proporcionan en la recuperación y producen una mejora en la eficacia percibida y la calidad de vida, así como la atención e intervención con los familiares y el asesoramiento en el entorno próximo de la red de apoyo social del paciente.

María Hernández Maestro. Psicóloga.

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