¿De qué manera duele la ausencia? | Duelo

Lo primero que nos suele venir a la mente cuando pensamos en la palabra “duelo” suele ser la situación de muerte de un ser querido, sin embargo, este proceso sucede también con cosas que son muy importantes para nosotros, como la pérdida de un empleo, una ruptura sentimental, u otros eventos que suponen tener que adaptarse a una nueva situación, como puede ser el desarrollo de una enfermedad grave, crónica, incapacitante o terminal, una situación de desahucio, un cambio en el estilo de vida por jubilación o un cambio de residencia a otra ciudad o país, por ejemplo.

El duelo es un proceso natural de adaptación emocional a una pérdida significativa.

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, experta en cuidados paliativos, procesos de muerte y duelo, dedicó su vida a investigar en profundidad las emociones que suceden durante la elaboración de un duelo y fue a finales de los 70 cuando realizó una de sus grandes aportaciones, al margen de otras muchas, identificado 5 etapas o fases definidas en el proceso de duelo:

  • Negación: Cuando la persona rechaza la situación negando la realidad como un mecanismo de defensa.
  • Ira: Una vez que la negación comienza a desvanecerse por desgaste, surge un intenso dolor emocional durante el cual suele aparecer la culpa personal o dirigida hacia otras personas, como un intento por explicar lo ocurrido o desviar la intensidad del dolor.
  • Negociación: La persona doliente se plantea que la situación podría haber sido diferente o cree que quizá pueda cambiarse, como respuesta a una necesidad de recuperar el control.
  • Depresión: Aparece cuando se reconoce que la negociación no es posible con la muerte o con la pérdida. Aflora la tristeza y nos prepara para la separación y despedida.
  • Aceptación: La persona admite la situación, reconociendo la mortalidad o la inminencia del fin. Se produce la reconciliación con la pérdida y se asume desde la tranquilidad que también existe la opción continuar viviendo con esa ausencia.

Al parecer, estas etapas son universales, es decir, son experimentadas por cualquier persona independientemente de su cultura o clase social y, si bien no tienen por qué manifestarse siguiendo un orden particular, con una clara línea divisoria que las convierta en excluyentes entre sí, ni vinculadas a una duración determinada para cada fase o para todo el proceso, por lo general, la primera en experimentarse suele ser la negación, cerrándose el proceso con la aceptación.

En muchas ocasiones, duelo y luto son dos términos que van de la mano, pudiendo llegar a confundirse o solaparse entre sí, sin embargo, se debe tener en cuenta que no son lo mismo. El duelo es el proceso emocional y el luto es la conducta o construcción social vinculada a esos procesos de pérdida y duelo.

Se trata de la expresión manifiesta a través de patrones de conducta y comportamientos que simbolizan exteriormente el dolor emocional de la persona que experimenta la pérdida. Por ejemplo, algunas conductas de luto incluyen el color de la vestimenta, no expresar alegría en público, difundir la esquela, llevar algún adorno como un pequeño lazo negro, realizar ceremonias, dejar de realizar algunas actividades gratificantes, paralizar las celebraciones de otros eventos durante un periodo de tiempo, encender velas, etc. 

El luto, por su parte, al no tratarse de un fenómeno universal puesto que depende de la vertiente sociocultural de cada persona, por lo general, suele tener unas formas de expresión y duración determinadas, o bien marcadas por la propia cultura o bien elegidas por la persona.

El acto de realizar un periodo de luto o no realizarlo, es una decisión personal y voluntaria que no determina ni la intensidad del dolor emocional experimentado ni el nivel de afecto que se tenía. Estas emociones y experiencias son individuales, por tanto, la expresión de las mismas también es una elección individual, depende de cómo quiera hacerlo cada persona, siendo respetable en cualquiera de los casos.

Como se mencionaba al principio, el duelo es un proceso de adaptación emocional a una pérdida significativa, es un fenómeno natural y universal que forma parte de la vida para el cual contamos con una serie de recursos propios que nos permiten transicionar por la pérdida.

A pesar de que no existe un periodo de tiempo determinado para la elaboración de un duelo, se establece que suele darse entre las doce semanas y los seis meses, habiendo personas que puedan necesitar un año.

En este sentido, al margen del considerado duelo normal, cuando estas emociones y sentimientos de malestar se prolongan excesivamente en el tiempo, o no se consiguen elaborar de manera adaptativa o se produce un detrimento acusado del bienestar biopsicosocial del doliente, debe prestarse una especial atención buscando ayuda y apoyo profesional de especialistas en salud mental, psicología o psiquiatría.

Para finalizar, estas condiciones a las que conviene tener en consideración para la búsqueda de ayuda, son:

  • Duelo bloqueado: La persona se estanca en la negación de la realidad de la pérdida y no se permite expresar el dolor, sumiéndose en un bloqueo emocional que impide la elaboración del proceso de duelo, como una evitación o una huida de la situación dolorosa.
  • Duelo complicado: La persona recurre, de manera sostenida en el tiempo, a conductas de riesgo para su salud como forma de mitigar la pérdida (por ejemplo, abuso de alcohol, drogas, fármacos, etc.)
  • Duelo patológico: Transcurrido un periodo de seis u ocho meses, la persona sigue sumergida en un profundo dolor emocional que le impide continuar con su vida como lo hacía antes, afectándose en sus esferas laboral, académica, social, familiar u orgánica.

María Reinaldos Vega.

Psicóloga.

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