¡CÓMO ME DUELE LA ANSIEDAD!

Seguramente más de uno de nosotros ha visitado al fisioterapeuta por problemas de espalda y, en principio, no hay causas aparentes, como puede ser haber sufrido un accidente o una lesión deportiva. Y es que un importante porcentaje de casos que llegan a la consulta de fisioterapia (cerca del 25%) se quejan de molestias físicas debido a causas psicológicas, es decir, un problema emocional nos está afectando físicamente; hemos somatizado dicho problema. Y, de estos casos, el 70% son lesiones de espalda.  Esta serie de lesiones suelen producirse cuando vivimos ansiosos constantemente.

La ansiedad es un mecanismo de nuestra especie para lograr la supervivencia. Nos pone en alerta cuando creemos que algo puede ser una amenaza para nosotros, y nos prepara para huir o luchar. Pero, en contra de lo que se pueda pensar, la ansiedad es beneficiosa ya que nos ayuda a estar activos y realizar mejor nuestras tareas. Así nuestro cuerpo intentará adaptarse a una situación. En cambio, la ansiedad será perjudicial para nosotros cuando sea demasiado duradera, intensa y frecuente ante aquellas situaciones que no suponen una amenaza real o son muy poco peligrosas, por ejemplo subir a un ascensor. 

En cuando a la sintomatología asociada a la ansiedad podemos sufrir mareos, angustia, sensación de ahogo, hiperventilación, temblores, sudor, taquicardia, palpitaciones, presión en el pecho, presión en la cabeza, sensaciones en el estómago, cambios de temperatura, hormigueo, tensión muscular, y un largo etcétera. Dentro de esta variedad de síntomas, cada persona ansiosa sufrirá algunos de ellos, y serán diferentes a los que pueda sentir otra. Pero, centrándonos en la tensión muscular, que suele ser muy habitual, ésta se produce porque, como ya hemos dicho antes, la ansiedad es un mecanismo de supervivencia que nos prepara para luchar o escapar ante una situación  amenazante para nosotros y nuestros músculos se tensan para llevar a cabo dicha acción. El problema viene cuando la situación temida no es real o no es demasiado peligrosa, es decir, no necesitamos tener nuestros músculos listos para huir o luchar. Entonces, aparecen las contracturas y lesiones musculares, sobre todo cuando esa tensión muscular se mantiene durante un tiempo. Y una de las lesiones más típicas se dan en la zona cervical, en el cuello, afectando a su vez a la cabeza y pudiendo incluso producir mareos o vértigos psicógenos.

De la misma manera, otros síntomas de la ansiedad también suelen afectar a nuestros músculos. Por ejemplo, la respiración rápida o también conocida como hiperventilación va tensar algunos músculos como el esternocleidomastoideo que se une a la cabeza, al esternón y  la clavícula, provocando esto a su vez, un cambio en la postura corporal, ya que el músculo termina acortándose y la posición de la cabeza se adelanta, como si nos tiraran de ella hacia el suelo.

Por otra parte, las personas que padecen ciertos trastornos de ansiedad se vuelven hipersensibles a las sensaciones físicas, y su umbral de dolor se reduce; así notan rápidamente el más mínimo dolor, lo que les suele llevar a pensar que van a sufrir otro ataque de pánico, o que no pueden dejar de estar nerviosos; y esto a su vez va a repercutir en los propios síntomas físicos, en este caso la tensión muscular y sus correspondientes contracturas empeoren. Convirtiéndose este proceso en el pez que se muerde la cola.

Por ello, si la contractura tiene una causa psicosomática, no sólo es importante tratar la contractura o lesión, sino que, si no tratamos dicha causa, esa lesión se cronificará. Por lo que el mejor tratamiento es multidisciplinar. Con la ayuda de un/a profesional de la psicología podremos aprender a manejar la ansiedad que provoca y mantiene nuestro dolor muscular.

Begoña Pérez Cascales

Psicóloga.

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